salidaGenerado con DiscursoFuneral usando IA
Buenas tardes.
Gracias por estar aquí. Sé que el abrazo de tantas miradas nos sostiene. Hoy venimos a recordar a Miguel Ángel Rojas, nuestro Migue. Vengo como su esposa, su compañera desde la universidad, su socia de aventuras, y la mujer que tuvo la fortuna de caminar a su lado todos estos años.
Migue nació en Bogotá, un 3 de febrero de 1975, y nos dejó demasiado pronto, a los 49. Digo “demasiado pronto” y, sin embargo, cuando pienso en la intensidad con la que vivió, siento que él exprimió cada minuto como si supiera que la belleza hay que compartirla sin esperar a mañana.
Desde que lo conocí en la Nacional, con su cuaderno de croquis bajo el brazo y grafito en los dedos, ya era un arquitecto antes de tener el título: veía ciudad donde otros veían cemento, veía comunidad donde otros veían trazo. Se enamoró del urbanismo humano, de ese que pone a la gente en el centro, y de los dibujos a mano alzada con los que nos invitaba a imaginar. Fundó su propio estudio, sí, pero sobre todo fundó una forma de trabajar: proyectos comunitarios, espacios culturales, esquinas que volvieron a tener vida porque él creía que la belleza debía estar al servicio de la gente.
Nos casamos en 2004. No tuvimos hijos, pero tuvimos tribu. Tuvimos familia elegida, amigos que se convirtieron en hogar, desayunos largos y noches de croquis sobre manteles manchados de café. Y tuvimos, sobre todo, la certeza de caminar en la misma dirección: él con sus ideas imposibles, yo con mis miedos que él convertía en mapas.
Si cierro los ojos, escucho su risa estrepitosa. Esa risa que primero asustaba y luego contagiaba, que llenaba salones, talleres, bicicleteadas y reuniones con vecinos. A veces decía que reír era su forma de medir la acústica de un lugar. Y luego, claro, quería rediseñar el techo.
A su manera era valiente y creativo, pero también era de una coherencia que conmovía. Lo que soñaba, lo hacía. Y si no podía hacerlo solo, armaba equipo. Para Migue, la solidaridad no era una palabra linda: era un verbo. Lo vi quedarse horas extras con comunidades que no podían pagarle, lo vi pedir cacao para que otros presentaran sus ideas primero, lo vi ceder sus créditos para abrir puertas. De esas manos abiertas nacieron bibliotecas barriales, centros culturales, parques que ahora tienen el tamaño exacto del encuentro.
Su bici fue otra de sus lealtades. Viajar en bici era su ritual de cuidado. Decía que la ciudad se entiende a la velocidad del pedaleo y que en la esquina de cada cuadra había una historia que merecía un croquis. El jazz latino lo acompañaba en el estudio. Si alguno estuvo en una de nuestras noches de viernes, recordará a Migue con un espresso perfecto, el lápiz afilado, y Dizzy o Chucho de fondo. A mitad de trazo, cerraba los ojos, marcaba el ritmo con el pie y murmuraba: “Esto tiene swing, Pau. Así debería caminar esta plaza”.
Su amor por el café de especialidad era casi un acto litúrgico. Molía por las mañanas con paciencia, como si afinar el molino fuese ajustar el estado de ánimo de la casa. Ese aroma era el inicio de nuestras conversaciones, de nuestras discusiones apasionadas, de nuestros planes improbables que tantas veces terminaron siendo realidades tangibles. Y sí, eso voy a extrañar cada día: la primera respiración de café y su “¿lista, compañera?” antes de abrir la puerta.
El mejor recuerdo que guardo, el que me salva cuando el silencio aprieta, es una noche sin luz en casa. Se había ido la electricidad, y nosotros, aferrados a velas, dibujamos el proyecto que nos cambió la vida. Entre sombras y sombras chinescas en las paredes, el papel se volvió un territorio encendido. Migue hizo un gesto grande, casi teatral, y dijo: “La ciudad también se sueña en penumbra”. Allí nació un espacio comunitario que después abrazó a cientos. Cada vez que paso por ese lugar, juro que veo el brillo de aquellas velas en las ventanas.
Migue amaba a su familia con una ternura enorme. Lucía y Hernán, sus papás: en cada logro suyo había una gratitud explícita hacia ustedes. Decía que su coraje venía de su casa, de verlos enfrentar la vida con dignidad. Sergio, su primo-hermano, fue su cómplice de travesuras y de planes serios. No he visto dos miradas entenderse con tanta rapidez como las de ustedes. Y Valentina, su ahijada: con vos tenía una paciencia infinita y un orgullo que le desbordaba el pecho. Guardaba tus dibujos como quien resguarda planos de una catedral, porque sabía que en esos trazos también se está construyendo futuro.
Quienes trabajaron con él saben que tenía un don: inspirar. No imponía, contagiaba. Podía entrar a una reunión con una idea que sonaba descabellada y, veinte minutos después, todos estábamos convencidos de que era posible. No por terquedad, sino porque tenía el talento de mostrarnos lo que no veíamos. Y porque siempre recordaba el para qué: la belleza para la gente, el trabajo en equipo, la ciudad que abraza. Si alguna vez dudábamos, él decía: “Probemos. Si no sale, habremos aprendido; y si sale, habremos aprendido el doble”.
Hoy no quiero quedarme en el dolor de lo que falta, sino en la fortuna de lo que nos fue dado. A mí, Migue me regaló valentía. Me enseñó a celebrar cada pequeño logro: el primer boceto que funciona, la primera planta que echa raíz en el patio, la primera sonrisa de un vecino que entra a un espacio nuevo y lo siente suyo. Me enseñó que el entusiasmo no es ingenuidad sino combustible, y que la coherencia entre lo que sueñas y lo que haces es la forma más honesta de caminar.
Claro que duele. Duele su ausencia imprevista, duele no escuchar su carcajada irrumpiendo en cualquier conversación, duele no ver su bici recostada en la puerta ni sus cuadernos abiertos sobre la mesa. Pero el dolor no borra el legado. Y el legado de Migue está vivo. Está en los proyectos que levantó, en los equipos que formó, en las amistades que eligió, en la manera en que muchos volvimos a mirar nuestras calles y nuestras plazas. Está en cada croquis urbano que alguien hace hoy con la convicción de que dibujar es también cuidar.
Quiero agradecerte, Migue, por lo que hiciste por tantos, y por lo que hiciste por mí. Gracias por ser mi amigo antes que nada, por desafiarme con ternura, por invitarme a pedalear cuando yo quería quedarme quieta, por recordar que un buen espresso puede reconciliarnos con el mundo. Gracias por tu risa, por tus ideas imposibles, por tus mañanas que ya eran fiesta desde que molías café.
A quienes están aquí hoy, les pido que, si quieren honrarlo, se queden con esas pequeñas prácticas que él cultivó: trabajar en equipo, compartir el crédito, escuchar antes de decidir, darle a la ciudad el pulso de la gente, y celebrar los avances, por mínimos que parezcan. Y, si pueden, salgan alguna tarde a caminar o a pedalear sin prisa, deténganse en una esquina, miren a su alrededor y pregúntense, como él haría: “¿Qué hace falta para que este lugar le sonría a quien lo habita?”. Esa pregunta, hecha a tiempo, cambia destinos.
Lucía, Hernán, sé que ninguna palabra alcanza. Pero quiero que sepan que su hijo vivió como quiso: con entusiasmo, con valentía y con una generosidad que dejó huella. Sergio, gracias por ser su hermano de la vida y por seguir cuidando de nuestra familia elegida. Valentina, tu padrino sigue estando en cada página que llenes, en cada línea que te atrevas a trazar sin regla.
Y a nuestra tribu de amigos, a nuestra gran familia elegida: gracias por armar con nosotros una casa extendida. Ustedes fueron su inspiración y su audiencia más querida, los primeros en decirle “sí” a esos planes que parecían un salto al vacío y terminaban siendo puentes.
Hoy celebramos su vida. Con lágrimas, sí. Pero también con gratitud por el tiempo compartido y por la belleza que sembró. Miguel Ángel Rojas, nuestro Migue, no se fue del todo: se quedó en los espacios que imaginó, en las manos que ayudó a levantar, en los equipos que no se rinden, en las plazas donde el jazz suena baixito cuando cae la tarde.
Yo me despido con la imagen que más me gusta: él, inclinando la página con la luz justa, el lápiz bailando, el café al lado, y esa sonrisa de “lo estamos logrando, Pau”. Ahí vuelvo cuando me tiembla el pulso.
Gracias, amor, por haberme elegido compañera de ruta. Hasta cada mañana de café, hasta cada risa inesperada, hasta cada esquina que vuelva a florecer.
Gracias a todos por estar y por ayudarnos a que su legado siga latiendo en la ciudad y en nosotros.