salidaGenerado con DiscursoFuneral usando IA
Querida familia, queridos amigos, padre, gracias por estar aquí hoy para despedir y honrar la vida de Alejandro Martín Gómez, nuestro Alex.
Me llamo Daniel, soy su hermano menor. Crecimos como compañeros de aventuras y, con los años, también como confidentes. No vengo a idealizarlo, vengo a recordar quién fue de verdad: un hombre curioso, generoso, perseverante y con un humor ingenioso capaz de unir a la gente. Y vengo a dar las gracias.
Nació en Sevilla un 3 de noviembre de 1985. En esas calles aprendió a pedalear, a observar la luz de la tarde y a desconfiar de los atajos cuando el camino merecía ser recorrido. Eligió la Ingeniería Informática, tal vez porque le fascinaba entender cómo funcionan las cosas y, sobre todo, cómo hacer que funcionaran mejor para los demás. Después vino Madrid, primero como desarrollador, luego como líder de equipo. Allí aprendió a combinar la precisión del código con la paciencia para escuchar, enseñar y acompañar. En 2016 se casó con Carolina y juntos dieron la bienvenida a Inés, la pequeña brújula que le reordenó las prioridades y le agrandó la sonrisa.
Si hoy cierro los ojos y pienso en Alex, lo veo en bicicleta, ensuciado de barro y feliz como un niño. Lo veo con la guitarra acústica, repitiendo una progresión hasta que la melodía cuajaba. Lo veo frente a una mesa de domingo con harina en las manos, pendiente del horno como si el pan fuese examen y celebración a la vez. Lo veo con su cámara, cazando reflejos en los charcos y sombras en las esquinas, ese tipo de belleza que exige detenerse. Y, por supuesto, lo veo sobre un tablero de ajedrez, sin prisa, buscando soluciones simples a posiciones enredadas, como hacía en la vida.
Hay una imagen que no me abandona: nuestro Camino de Santiago en bicicleta. Nos llovió casi cada día. Hubo cuestas que parecían no acabar nunca y etapas en las que el silencio decía más que cualquier conversación. Pedaleábamos, y a veces Alex, en vez de animarme con discursos grandilocuentes, simplemente se ponía a mi rueda. Me quitaba el viento sin decirlo. Cuando la lluvia apretaba, soltaba un chiste malo —de esos que uno agradece a regañadientes— y el camino se hacía llevadero. En una de esas tardes, empapados, compartimos una charla que me cambió la vida: hablamos de lo que importa de verdad, de cumplir la palabra dada, de la lealtad hacia quienes confiaron en uno, de la amistad que no necesita ruido. “No corras para llegar antes; pedalea para llegar con sentido”, me dijo. Desde entonces, en los días buenos y en los complicados, me repito esa frase.
Alex era de los que celebraban los pequeños logros a deshoras. Muchos aquí lo recordarán por esas llamadas nocturnas: “Solo quería contarle que hoy alguien del equipo entendió por fin ese módulo y se le iluminó la cara” o “Me ha salido un pan con corteza que cruje de verdad, suena como nieve”. No necesitaba grandes victorias para brindar. Convertía lo cotidiano en motivo de orgullo compartido. Y en esas llamadas aparecía su humor, ese ingenio discreto que hacía grupo. Tenía chistes malos, sí, pero también un timing perfecto para desactivar tensiones. Gracias a eso, en su trabajo consiguió algo raro: que la gente quisiera dar lo mejor no por obligación, sino por confianza.
Profesionalmente, se definía como ingeniero, pero su vocación era más amplia: era un mentor. Le entusiasmaba el software libre no solo por filosofía, sino porque abría puertas; a él le habían abierto puertas y él entendía que debía hacer lo mismo. Dedicó horas a revisar código de jóvenes programadores, a explicar con claridad, a buscar esa solución simple que casi siempre estaba escondida detrás de una pregunta bien hecha. A veces decía: “No compliquemos lo que no hace falta. Si es elegancia de verdad, se entiende”. Y esa manera de ver las cosas no se quedaba en la pantalla: así cocinaba, así arreglaba una bici, así resolvía un problema en casa.
Como hermano menor, le debo muchas cosas. Me empujó a presentarme a un trabajo que no me atrevía a solicitar. Me enseñó a disfrutar el camino, incluso cuando lo que tocaba era remar. Y me enseñó, con hechos, que comprometerse con la palabra dada no significa rigidez, significa respeto por el otro y por uno mismo. Cuando fallaba —porque todos fallamos—, pedía perdón con la misma naturalidad con la que se comprometía. Esa coherencia es una herencia valiosa.
Hoy, al mirarlo aquí, tan cerca y tan lejos, pienso en sus valores y en cómo se encarnaron en su vida. La lealtad: hacia nuestros padres, Luis y Beatriz, a quienes honraba con detalles sencillos, con esa visita improvisada y un pan todavía tibio. El esfuerzo: en cada proyecto, en cada subida de montaña, en cada madrugada de crianza junto a Carolina. La amistad sincera: amigos de diferentes etapas que siguen hoy aquí porque con Alex no hacía falta fingir; se podía llegar con buenas noticias o con cansancio, y siempre había sitio. Y el compromiso con la palabra: no prometía a la ligera y, cuando lo hacía, buscaba cumplir.
Sé que cada uno de ustedes traerá a la memoria una escena distinta. Carolina, usted seguramente lo recuerde tocando una nana a Inés con la guitarra, esa mezcla de torpeza y ternura que solo él tenía. Inés, cuando crezcas, te contaremos cómo tu padre te miraba como si cada gesto tuyo le enseñara algo nuevo del mundo. Mamá, papá, ustedes lo recordarán arreglando el router y quedándose a cenar porque el arreglo “requería pruebas”, y en realidad quería compartir mesa y risas. Yo lo recordaré metiendo en mi mochila, sin que me diera cuenta, una barrita de cereales para la subida más dura. Siempre un paso por delante del problema.
También hay cosas que vamos a extrañar de forma muy concreta. Sus llamadas nocturnas, ya lo dije. Sus chistes malos, sí, incluso esos. Su capacidad de encontrar la solución simple cuando todos nos enredábamos. Su manera de recordar una fecha importante sin necesidad de avisos en el calendario. Y, si se me permite la frivolidad, sus hogazas de domingo, que olían a casa. Eran un ritual: masa, reposo, horno, paciencia. Nada de secretos mágicos, solo tiempo y cuidado. Como casi todo lo que hizo bien.
En esta misa, donde nos acompañan la fe, la música y el silencio, quiero agradecer también su última decisión. Alex fue donante de órganos. En medio de nuestro dolor, varias familias han recibido esperanza. No es un consuelo que borre la ausencia, pero sí una luz concreta, una forma preciosa de prolongar su generosidad. Eso era él: pensar en los otros incluso cuando nadie miraba.
Si hoy busco una enseñanza para llevarme conmigo —y me gustaría que la lleváramos todos—, no es un lema grandilocuente. Es algo que me dijo cuando yo estaba ansioso por llegar “antes” a todas partes. Me dijo: “Disfruta el camino. Si no, cuando llegues, no sabrás por qué querías llegar”. Aplicó esa idea al trabajo, a la bicicleta, al pan, a la crianza y a la amistad. No se trata de renunciar a las metas, se trata de no perderse a uno mismo en ellas. Creo que, si deseamos honrarlo, podemos empezar por ahí: mirar a quien está a nuestro lado, hacer las cosas con cuidado y cumplir lo que decimos.
Permítanme, además, una gratitud en voz alta. Gracias, Alex, por abrirme puertas en mi carrera cuando dudaba de mí. Gracias por recordarme —con paciencia, con humor— que el viaje merece ser vivido paso a paso. Gracias por haber sido mi rueda delantera bajo la lluvia, y por dejarme a veces ir primero para que aprendiera. Gracias por enseñarme a llamar a tiempo, no solo cuando todo sale bien, también cuando necesito ayuda. Gracias por querer tanto y tan bien a Carolina y a Inés; verlo fue una lección mayor que cualquier consejo.
A quienes hoy lloran —y sé que somos muchos—, quisiera decirles algo que él me repetía cuando yo me complicaba: “Respira. Empieza por lo que sí sabes hacer”. Sabemos abrazar. Sabemos cocinar un plato sencillo. Sabemos escuchar. Sabemos enviar un mensaje a quien hace tiempo no vemos. Eso, multiplicado por todos nosotros, sostiene. Y, con el tiempo, el dolor se irá afinando y dejará espacio a una gratitud más amplia. Porque, aunque nos duela su marcha a los 38 años, su vida fue intensa, honrada y llena de vínculos buenos.
No quiero despedirme sin nombrar a quienes fueron su centro. Carolina, gracias por caminar con él, por compartir proyectos y domingos de pan y risas. Inés, tu padre vive también en lo que aprendas, en esa curiosidad que seguro has heredado. Mamá, papá, su huella está en la forma en que Alex pronunció siempre la palabra familia, con orgullo y con responsabilidad. Y a sus compañeros y amigos, gracias por las horas compartidas en oficinas, senderos, cafés y talleres improvisados.
Ahora, frente a este altar, encomendamos a Alex con la esperanza que nos sostiene. Quienes creemos, pedimos que descanse en la paz que no se agota. Quienes dudan, pueden celebrar, con igual respeto, que su paso por el mundo dejó bienes tangibles: personas más capaces, amistades más hondas, una hija amada, una esposa acompañada, padres orgullosos, un hermano agradecido y, sí, también algunas vidas salvadas por su última decisión.
Me quedo con una escena final. Estamos en una cuesta, llueve, el barro salpica. Yo protesto y él se ríe. Me alcanza, se pone delante, y sin darse importancia me abre hueco. “Vamos, Dani —me dice—, que arriba hay luz”. Hoy siento exactamente eso. La subida es dura, la lluvia cala, pero sé que arriba hay luz. Y él, de alguna manera, pedalea aún un poco por nosotros.
Gracias, Alex, por tu vida. Gracias por tu lealtad, tu esfuerzo, tu amistad sincera y tu palabra cumplida. Gracias por el humor que unía, por las soluciones simples y por las llamadas a deshoras. Te llevamos con nosotros. Y seguiremos, paso a paso, honrando lo que nos enseñaste: disfrutar el camino, hacerlo juntos y, siempre que podamos, abrirle la ruta a otro.
Descansa en paz. Nosotros seguimos, con amor y con memoria.