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Querida Elena, queridos Marta y Andrés, Clara, Hugo, Daniel y Vera; querida familia Gómez Navarro; querida comunidad parroquial y vecinos que hoy nos acompañan:
Gracias por estar aquí para velar, honrar y despedir a nuestro hermano Alberto Gómez Navarro, a quien todos conocíamos con cariño como Don Beto.
Hoy nos reúne el dolor de la ausencia, sí, pero también la gratitud por una vida larga y fecunda. No venimos solo a lamentar lo que se nos ha ido, sino a reconocer, uno por uno, los frutos que Alberto fue dejando a su paso: en su familia, en su trabajo, en esta parroquia y en el barrio que quiso como casa grande.
Nació en Sevilla el 3 de marzo de 1945, hijo de artesanos. Aprendió pronto el valor de las manos que trabajan, del oficio bien hecho, de la palabra que vale. Estudió Administración, y durante cuarenta años sirvió en una cooperativa agrícola. Lo digo así, “sirvió”, porque para Alberto el trabajo era más que un empleo: era un modo de sostener dignidades, de abrir caminos a los suyos y a los de todos. Quienes lo trataron allí lo recuerdan sereno y justo; capaz de escuchar, de poner orden sin levantar la voz, de buscar lo que era mejor para la comunidad antes que lo más cómodo para sí.
Al jubilarse, no se retiró: cambió de tarea. Dedicó su tiempo a Elena, con quien compartió cincuenta y cinco años de matrimonio; a sus hijos, Marta y Andrés; a sus cuatro nietos, orgullo de sus conversaciones y motivo frecuente de sus sonrisas: Clara, Hugo, Daniel y Vera. Y se volcó también en la vida de esta parroquia y del consejo de barrio. Muchos sábados por la mañana lo veíamos cruzar la plaza con una libreta bajo el brazo y un ramillete en la mano, camino de una reunión o de una visita. Parecía que hubiera encontrado la fórmula discreta de estar siempre donde hacía falta, sin hacerse notar.
Conocí a Don Beto primero como vecino comprometido y, con los años, como servidor paciente de esta comunidad. En la puerta de la iglesia, a la salida de Misa, tenía esa costumbre entrañable de saludar a todos por su nombre. No era un gesto social, era una forma de decir: “Usted es visto, usted es valioso.” Y, de cuando en cuando, llevaba un ramo recién cortado de su jardín para quien más lo necesitaba ese día. Nunca preguntaba demasiado; se adelantaba con una flor, con una visita breve, con un recado útil. Era su manera de rezar con las manos.
Alberto fue administrador en la cooperativa; en el barrio, siguió siéndolo a su modo: organizaba tertulias, animaba a jóvenes emprendedores y les enseñaba contabilidad básica sin cobrarles un euro, con lápiz, cuaderno y paciencia. Más de uno me contó cómo, después de una tarde con él, un proyecto que parecía enredado empezó a caminar con pasos concretos. No imponía su sabiduría; la ofrecía. Y así, con esa sabiduría práctica, hizo de maestro y de puente entre generaciones: respetando a los mayores, haciéndoles sitio, y abriendo oportunidades a los jóvenes, empujándolos con afecto y con datos, que eran sus dos herramientas favoritas.
Tenía pasiones sencillas y constantes. Sus rosales, a los que hablaba como a viejos amigos; los paseos al amanecer, cuando la ciudad aún bosteza y el día promete; y la fotografía analógica, ese arte de esperar la imagen, de confiar en la luz que no se ve hasta que aparece. Tal vez por eso escuchaba sin prisa. Tal vez por eso buscaba, en cada conversación, el ángulo justo y la distancia correcta, como quien encuadra para hacer justicia a lo que tiene delante.
En casa, Elena sabe bien cuántas fotos reveló Alberto en silencio, con esa mezcla de método y asombro que lo acompañaba en casi todo. Y cuántas veces regresó de la huerta con las manos manchadas de tierra, los ojos frescos y el corazón ligero, porque había visto brotar algo que ayer no estaba. Era un trabajador incansable, pero no por inquietud, sino por amor a lo concreto: regar, arreglar, apuntalar, ordenar. Cuando el consejo de barrio lo llamaba, él decía “vamos viendo”, y al día siguiente ya había un plan y un par de voluntarios convencidos sin haber sentido presión alguna.
Si me preguntan qué extrañaremos más de Alberto, diría tres cosas. Su presencia tranquila en los momentos difíciles, esa calma que no negaba el problema pero abría un resquicio de solución. Sus manos siempre ocupadas ayudando, como si el descanso existiera solo para tomar aliento y seguir. Y su consejo certero, breve, sin adornos, nacido de escuchar y de mirar. Muchos hemos salido de una charla con Don Beto con una frase sencilla dando vueltas, como una herramienta nueva que de pronto hacía encajar las piezas.
Hoy, al contemplar su historia, vemos valores que no pasan: la dignidad del trabajo bien hecho; la honestidad, que él practicó sin proclamarla; la fe vivida con obras, más que con discursos; el respeto a los mayores, con memoria y gratitud; y las oportunidades para los jóvenes, con confianza y exigencia. En Alberto, la fe no era un rótulo: era una costumbre de cuidar. Cuidaba la casa, el jardín, la parroquia, la cooperativa, la conversación, el silencio. Cuidaba a Elena con ternura y humor; a sus hijos con presencia; a sus nietos con esa mezcla de admiración y límite que solo los abuelos sabios conocen.
Permítanme una imagen. La fotografía analógica obliga a creer en la luz antes de verla. Se prepara el encuadre, se ajusta la apertura, se confía en el instante, y solo luego, en el cuarto oscuro, la imagen va apareciendo. Así vivió Alberto su fe: trabajando con esperanza, confiando en lo que aún no se veía del todo, y dejando que, en el tiempo de Dios, la vida revelara su sentido. Por eso no hacía ruido; hacía obra. Por eso no prometía; cumplía. Por eso no alzaba la voz; prefería la palabra a tiempo.
Querida Elena, ustedes compartieron cincuenta y cinco años de camino. No le pondré adjetivos a lo que solo los dos conocen en profundidad. Pero sí diré, en nombre de muchos, gracias. Gracias por la casa abierta, por la mesa que siempre tuvo sitio, por el ejemplo discreto que sostuvieron juntos. Marta y Andrés, en ustedes se nota el legado de su padre: ese modo de estar sin estorbar y de ayudar sin exhibirse. Y en Clara, en Hugo, en Daniel y en Vera ya se adivina el hilo fino de una herencia que no ocupa espacio, pero llena el corazón: curiosidad, responsabilidad, alegría sobria, cariño concreto.
A la comunidad parroquial y al barrio, este adiós nos deja una tarea. Alberto nunca actuó solo; fue, más bien, un convocante silencioso. Si hoy queremos honrar su memoria, podríamos empezar por algo muy suyo: aprender los nombres, saludar con atención, ofrecer una hora a la semana para el bien común, enseñar a alguien lo que sabemos, cortar un ramo del propio jardín —el que cada uno tenga— y llevárselo a quien atraviesa un día gris. No son grandes gestos, pero cambian el clima de una casa y de una ciudad. Él nos lo mostró.
La familia ha pedido que recemos el Salmo 23. Lo haremos con la certeza de quienes han visto a Dios pastorear con paciencia. “El Señor es mi pastor, nada me falta.” Hoy, que sentimos la falta hondamente, la fe nos atreve a decir que en Dios no falta lo esencial: el sentido, el amparo, la compañía. “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque Tú vas conmigo.” En esa compañía queremos dejar a Alberto, confiados en la misericordia del Padre que lo soñó desde siempre y lo recibió el 10 de abril de 2026, a sus 81 años, como se recibe a un hijo que vuelve a casa tras un día de trabajo bien hecho.
Y a nosotros, que quedamos, que esta Eucaristía nos fortalezca. Aquí aprendemos, una y otra vez, a transformar la pérdida en ofrenda, el recuerdo en compromiso, el dolor en esperanza. No negamos la pena; la miramos de frente, como él miraba los problemas, y pedimos la gracia de seguir sirviendo, cada cual en lo suyo, con la serenidad y la justicia que lo distinguieron.
Gracias, Don Beto. Gracias por su ejemplo constante, por el tiempo entregado a manos llenas sin pedir nada a cambio, por esa sabiduría práctica que hacía la vida más habitable. Gracias por enseñarnos que la fe se nota cuando las cuentas cuadran en favor del más pequeño; que el amor se mide en detalles menudos; que la esperanza se riega cada mañana, como un rosal.
En un momento proclamaremos el Salmo 23, unidos a la intención de la familia, y al finalizar, el coro entonará un canto de esperanza. Que esa esperanza nos acompañe al despedir su cuerpo, sabiendo que el amor no se pierde y que las obras buenas llevan el nombre de quien las sembró.
Descanse en paz Alberto, nuestro querido Don Beto. Y a nosotros, el Señor nos conceda vivir como él nos enseñó: con las manos ocupadas en el bien, la mirada limpia y el corazón en paz.
Amén.